We are Happy Thinkers

SOY

Hola,

MI NOMBRE ES DIANA CAROLINA, NINA PARA LOS AMIGOS Y CAROLINA MEJOR QUE DIANA PARA LOS NO AMIGOS.

Sí, soy de la época en que la princesa Diana y de Carolina de Mónaco eran la sensación; a mi abuelita, como a muchas mamás y otras abuelas ochenteras, se le ocurrió que Diana Carolina era el nombre ideal para una triunfadora y pues he aquí la princesa.

Soy de Bogotá, tengo 34 años, diseñadora gráfica de la Tadeo, fotógrafa, viajera, habladora a morir, amante del mar y  la naturaleza, art dealer internacional (ahoritica le explico). Tengo dos perros, pincel y crayola, soy una Happy Thinker fiel creyente de la capacidad del ser humano, de cualquier ser humano, para cambiar, para transformar su vida y de paso la de aquellos que lo rodean y así de a poco, de la capacidad de cualquier ser humano para terminar transformando el mundo.

AJÁ MUY CHÉVERE Y TODO, PER0...

¿quién es sumercé para hablar, escribir y diseñar sobre estos temas?

Pues primero que todo no diseño y escribo sobre hábitos y comportamientos por haber alcanzado algún tipo de iluminación al respecto, ni por haber encontrado los hábitos perfectos que conforman la receta para la felicidad; por el contrario el motivo para llegar a esto fue por mi experiencia personal, por mis propios problemas y limitaciones, por mi constante trabajo para intentar mejorar mi calidad de vida, mi percepción de la felicidad e intentar ser sencillamente una persona mejor.

Como a muchos niños y niñas de mi generación, como a muchas Dianas Carolinas, me dijeron que iba a ser la mejor, que podía lograr lo que soñara, que había nacido para ser feliz y para transformar el mundo… yo la verdad tenia mis dudas. Gracias al trabajo duro de mi mamá y mis abuelos, pude estudiar hasta séptimo en un colegio diríamos bastante “play”; mientras mis compañeritos vivían por Niza  y Unicentro yo vivía en el Quirigua; mientras ellos vacacionaban a Miami y Londres, yo iba a Girardot, Saboyá, Calarcá y muy muy eventualmente a la costa: Finquear, piscinear, agarrar pollos, ver una marrana dar a luz, poder ensuciarme con tierrita y poder valorar como el momento más mágico cada vez que podía ver el mar, me permitió tener la mejor infancia. Claro frente a mis compañeritos me daba cierta pena, jamas invité a nadie a mi casa y  la posibilidad de viajar a tierras lejanas la veía como algo imposible; si no podía recorrer el mundo, mucho menos me creía que iba a poder transformarlo. No me amargaba la idea, sencillamente ni siquiera la consideraba, era una idea bonita pero imposible, algo que a lo mejor me decían para que fuera juiciosa y ya. Jamás me dijeron como ser feliz o cómo transformar el dichoso mundo, yo creía que si llegaba a pasar iba a ser porque… si, por un golpe suerte o una “bendición”. No, no me mintieron, todo era posible, no por suerte, ahora entiendo que era mi responsabilidad encontrar la manera de conseguirlo.

Un poco más grande si me enamoré con la idea de viajar, sobre todo con la idea de poder ver el mar más frecuentemente; de niña jugaba a ser una sirena y en mi adolescencia me imaginaba colgando de un barco ballenero, luchando por rescatar una ballena sobre un botecito inflable de Greenpeace mientras un montón de japoneses me echaban la abuela con palabras indescifrables; quería estudiar biología marina. Las cosas de la vida, los miedos, las inseguridades y aquello de la baja autoestima (era bastante gordita a mis 15 años), me hicieron echar para atrás; por otro lado porque también hacia siempre las pancartas y carteleras en el colegio, dibujaba en las esquinas de los cuadernos y todo el mundo decía que debía ser artista; desde chiquita tenia la vena para el asunto también, hacia cartas para mi mamá y mi abuelita a las que les ponía todo el detalle: recortaba alguna florecita de algún arreglo en la casa, o me tiraba alguna ropita por ahí para usar telas e hilos en mis carticas de amor, eso había quedado atrás, pero lo que se hace con amor nunca se pierde. El arte como tal nunca me sonó, era muy ñoña y poco hippie para eso, me iba bien en cálculo, física, química y biología, me encantaba la filosofía, y amaba la clase de dibujo y geometría descriptiva, ñoña ñoña.

¿Qué hacer entonces?

Era demasiado mimada para irme solita a una ciudad costera, era demasiado ñoña para el arte y muy poco paciente para estudiar algo como arquitectura o diseño industrial. “Debería haber algo llamado Diseño gráfico  o algo así”, pensé (en serio), algo en lo que no toque hacer maquetas o cositas tridimensionales, algo que sea diseñar pero bidimensionalmente. Si, la ignorancia era atrevida y yo ni idea que ya existía eso, pero una amiga dijo, “pues estudia diseño gráfico”, investigué todo el asunto y unos meses después andaba en esas súper engomada.

Me gradué de la universidad un jueves en marzo del 2006,  el domingo siguiente estaba viajando a Ecuador, mi primer trabajo fue de profe en la universidad San Gregorio de Portoviejo en ese país. Tenía 21 añitos, era profe de teoría e historia del diseño, multimedia, ilustración digital, empaques, entre otras cosas (si profe de todo); tenía el conocimiento fresco y poder compartirlo , poder impactar verdaderamente la vida de las personas, no solo con información y datos, sino también con experiencias  y resultados reales (más las risas y los regaños), siendo tan joven, impacto mi vida enormemente (además pude en esa época ir a ver ballenas).

Regresar a Colombia no fue tan chévere al principio, mi novio vivía al otro lado de la ciudad mientras que en Ecuador vivamos juntos, además tuve que empezar a trabajar en agencia: poco pago, limitaciones creativas, trabajar hasta la madrugada y estar todo el día sentada frente a una pantalla; de todas formas yo me sentía la más orgullosa en ese momento, podía diseñar para clientes grandes como El Tiempo y Sony Ericsson (si, considere hace cuánto fue eso, total ya les dije mi edad).

El orgullo de diseñar para Sony Ericsson no duró demasiado y renuncié, pero pronto pude encontrar un trabajo nuevo que amaba, me enseñaba, me inspiraba y que me retaba día a día: Mottif, llegar ahí fue un orgullo enorme; trabajaba con y para gente que admiraba, podía trabajar en proyectos increíbles, educativos, turísticos, ambientales, artísticos y culturales. En esa misma época me casé con mi novio para resolver aquello de vivir de extremo a extremo de la ciudad. La vida era buena: me pagaban bien, no trasnochaba tanto,  tenía amigos chéveres, un esposo que me adoraba, una familia orgullosa y aún así… algo faltaba, esa insatisfacción típica de los millenials: era moderadamente feliz, no me sentía la mejor y mucho menos sentía que iba a trasformar el mundo como me habían dicho de niña.

Fundadora The Happy Thinkers. Ideas que transforman

¿quién es sumercé para hablar, escribir y diseñar sobre estos temas?

Luego de mottif trabajé por años freelanceando, tenía clientes increíbles y a mi esposo a mi lado, pero la situación era igual: trasnochadas, silla, escritorio, pantalla, insatisfacción, pagar cuentas, limpiar la casa, lavar la ropa. Intenté adaptarme a la vida tradicional intentando al tiempo romper la rutina; por un tiempo fui voluntariamente a un colegio público a enseñar niños a diseñar páginas web, buscaba formas de llenar el deseo inconsciente de tener algún impacto en el mundo, pero en un punto la insatisfacción se volvió insoportable en mi interior por muchos motivos.

Después de intentar mejorar la situación sin lograrlo, me separé, volví a la casa de mi mamá solo con mi ropa, sintiéndome absolutamente culpable, fracasada (había fracasado mi proyecto de vida) y además sabiendo que decepcionaba a todo el mundo. Estando allí, revolcándome en mi culpa, empecé a organizar un cajón pa’ meter mis chiritos en dónde cabían, me encontré entonces un recorte de periódico, el articulo se titulaba “Leer y muñequiar: no hay problema”, yo no recordaba nada, era una entrevista que me habían hecho cuando tenia 8 años, habíamos ganado un concurso de las lecturas dominicales con mi mamá llenando un crucigrama. El asunto era absolutamente chistoso y tierno a la vez, me preguntaban sobre el reinado de Cartagena y ya se imaginaran las respuestas al respecto de una niña a los 8 años, pero ademas hablaba de un libro que tenía en el que unos carritos viajaban por Europa en un Prix, enumeraba cada país que quería visitar, cada ilustración del cuento vino a mi mente…para no extenderme, un tiempo después me fui a viajar en contra de todo lo que mi familia esperaba de mí. Durante esos años estuve en Argentina, Uruguay, Perú, Panamá,… aún con el computador a cuestas y con las trasnochadas a la orden del día. Hacia cursos de astronomía, cursos de fotografía, jugaba ultímate, iba a bailar tango y a picnics con comida de todo el mundo preparada por extranjeros, viajeros como yo; nos sentábamos a cantar a grito herido cualquier cosa mientras algún loquito tocaba la guitarra, podría decirse que era “feliz”.

La verdad era que hablaba poco con mi familia, ellos aún esperaban que recuperara mi matrimonio, me sentía juzgada por mis decisiones y ya tenia suficiente con mi propio sentimiento de culpa, había tenido todo lo que significaba “vivir bien” para la sociedad y lo había dejado “inexplicablemente”. Sumado a eso, luego de varios meses de “disfrutar”, la situación se puso difícil: no tenía casi plata, Argentina no pasaba por el mejor momento, tuve que mudarme varias veces pero nunca faltaron los amigos, amigos que se volvieron familia y me dieron su apoyo incondicional. 

En algún momento tuve que dormir en un colchón mojado pues se inundó el apartamento en el que vivía, tuve que dormir en un sótano húmedo que mi nueva familia, con mucho amor compartió conmigo luego que me robaran el depósito un par de veces. Aún con todo esto, estaba cumpliendo un sueño y era libre, sin duda me sentía mejor que antes; ahora entiendo que aunque era difícil, estaba viviendo según mis propias decisiones y no intentando llenar expectativas de otros, aún así, algo faltaba pues ¿libertad y sueños con qué propósito?

La fotografía empezó a liberarme del escritorio,  volví a Colombia e hice las paces con mi familia y sobre todo conmigo misma, me fui entonces a trabajar como fotógrafa a bordo de barcos; miles de acentos, miles de comidas, de costumbres, de ideas, de religiones, de músicas y bailes conviviendo en paz sobre el mar; era utópico.

No todo eran risas y atardeceres, debíamos trabajar hasta el cansancio de domingo a domingo, ponga y quite luces y cables, todos los días durante meses, además, en un barco cada persona es fundamental para el funcionamiento correcto de todo, si TODO; mi labor no era únicamente ser fotógrafa, tenía tareas de seguridad y responsabilidad sobre la experiencia completa de las personas en el barco, tanto tripulación como pasajeros: debía reportar un baño dañado, un derrame de algún líquido, una persona enferma, tomar control en situaciones de emergencia, saber apagar un incendio, reportar un hombre fuera de borda, operar puertas herméticas, etc.

Fundadora The Happy Thinkers. Ideas que transforman
Fundadora The Happy Thinkers. Ideas que transforman

Aún con tanto trabajo y con tantos procesos rutinarios, cada día y cada crucero era una experiencia completamente nueva, cada semana había algo diferente por descubrir, un lugar nuevo para explorar en cada puerto; las personas que llegaban creaban un ambiente nuevo cada vez. Saber que eres responsable por cada detalle y parte fundamental de una experiencia para tantas personas fue algo nuevo y enriquecedor en el trabajo, significaba sentirme útil y con propósito. Aprendí además a entender y aceptar las diferencias de las personas, es más, aprendí a ver esta diversidad de la humanidad como una riqueza más que como motivo de división.

Ahora si viene el clic, la transformación y cómo todo se reúne para crear The Happy Thinkers

Luego de un tiempo trabajando en fotografía, al lado de personajes increíbles, y aprendiendo por montones, algo paso… no, no fue el clic, ¡otra vez me aburrí!

En un barco todo cambia continuamente, cada semana los amigos se van, llegan nuevos, los jefes también cambian y con ellos los procesos. Luego de mucho tiempo de trabajo duro y apasionante, los nuevos jefes empezaron a pedir cantidad en lugar de calidad, la parte creativa y chévere de disfrutar la experiencia con las personas se perdió, nos bajaron el sueldo, mucha gente renuncio, trabajábamos más por menos y me fui.

Amaba el trabajo en barcos, no quería dejarlo así que sencillamente busqué una nueva oportunidad a bordo; es ahí donde entra el tema de ser art dealer internacional. Suena súper impactante el asunto ¿no? ¡Y lo fue!

Primero la preparación intelectual; debía estudiar, conocer y reconocer las obras de cientos de artistas contemporáneos; sus conceptos, logros e historias, además,  reaprender el conocimiento sobre maestros clásicos, técnicas y medios, ¡en inglés!

Ese fue solo el principio, y para ello debí cambiar mi rutina, crear nuevos hábitos de estudio en muy corto tiempo, la galería para la cual esperaba trabajar me daba consejos y técnicas adicionales para lograrlo. Durante 3 meses presenté muchas entrevistas y  durante el último mes cada semana me preguntaban al azar sobre diferentes artistas y ¡lo conseguí! No, no el trabajo, conseguí una invitación para asistir a un entrenamiento en Miami; yo debía pagar la ida  y estando allá aún podría no conseguir el trabajo. Estaba muy decidida y  sobre todo confiaba en mi misma, así que tomé la oportunidad sin pensarlo dos veces.

El entrenamiento era para la posición de subastadora, corredora de arte y asistente de apuestas durante las subastas, título bastante llamativo. Conociendo ya los artistas y su obra, en Miami la preparación se centraba en empoderamiento, técnicas de negociación, hablar en público, psicología, mercadeo y ventas, empatía, influencia y persuasión.

No se trataba sencillamente de vender arte y hacer dinero, se trataba primero de reconocer nuestras habilidades para usarlas de la mejor manera, pero también de reconocer nuestras debilidades para aprender a mejorarlas; superar miedos para poder comunicarnos de manera clara y generar credibilidad, confianza y empatía; aprender a escuchar para entender las necesidades de cada persona y poder brindar soluciones efectivas; aprender a ayudar a otros de manera honesta y sincera; aprender a plantearnos metas profesionales, intelectuales, financieras y personales, para establecer acciones concretas para conseguirlas.

Fundadora The Happy Thinkers. Ideas que transforman

Siempre me consideré una pésima vendedora, siempre pensé que sería incapaz de vender algo, de presionar a una persona para tomar una decisión de compra, pero todo este conocimiento cambio mi perspectiva. Conseguí el trabajo siendo la única latina aceptada en mi clase (si estoy chicaneando) y cuando pude estar en subastas, vender en la galería, compartir mi conocimiento con las personas y venderles algo con significado, me cambió la vida. No solo eran clientes, se hacían amigos que agradecían profundamente la asesoría y el tiempo dedicado en escucharlos  y ayudarlos.

Si todo este conocimiento servía para vender obras de arte, algo que aparentemente no es una necesidad para las personas; ese mismo conocimiento se podría aplicar para mejorar nuestra vida intelectual y profesional en cualquier campo; para mejorar nuestras relaciones personales y familiares; para mejorar nuestra vida financiera; mejorar nuestra vida en comunidad y en general para mejorar nuestra calidad de vida y bienestar, todo empezando por mejorar la percepción de nosotros mismos.

Muchos de estos conceptos los conocía teóricamente desde la universidad, pero solo al verlos aplicados en mi vida personal y profesional directamente, más allá que en el desarrollo de una pieza gráfica, fue cuando todo hizo clic. Todo esto me llevo a profundizar en temas de psicología, neurociencia, neurolingüística, negociación, hábitos y comportamientos; a investigar y  documentarme en estudios serios sobre bienestar y felicidad. Encontré en el diseño la herramienta perfecta no solo para trasmitir los conocimientos aprendidos, sino para crear objetos que permiten desarrollar acciones concretas que producen transformación en diferentes aspectos que afectan el bienestar y la calidad de vida de las personas.  

Desarrollando el proyecto The Happy Thinkers he podido crear alianzas con psicólogos y profesionales de diversas áreas que enriquecen día a día el conocimiento, las ideas y  las herramientas que este proyecto pretende divulgar para transformar vidas. 

Este proyecto reúne mi experiencia, mi pasión y mis habilidades con un propósito, me permite además conectar con gente increíble que transforma vidas, transforma su entorno y así empiezan a transformar el mundo. Por primera vez en mi vida, no me siento insatisfecha, claro, se siguen presentando dificultades, pero las acepto como aprendizaje, como retos y oportunidades para tomar nuevas decisiones, para encontrar nuevas soluciones que ayuden a mejorar mi vida, la vida de  quienes me rodean y ahora, la de gente más allá de mi entorno, The Happy Thinkers, es mi manera de “salvar ballenas”

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